Las cataratas del Iguazú se formaron hace unos 200 mil años, a partir de una falla geológica, en el macizo de Brasilia. Esta fractura generó un desnivel en el cauce del río Paraná que hizo que la desembocadura del río Iguazú se convirtiera en una abrupta cascada y dió origen a los más de 270 saltos, siendo el más importante la Garganta del Diablo.
Debido a la ruptura del gran continente de Gondwana y la apertura del Océano Atlántico se produjo una sucesión de coladas de lavas, debido a una secuencia de erupciones volcánicas, que cubrió una extensa superficie en la región. La actividad tectónica andina hizo que los ríos discurran hacia el interior del continente en vez de hacia el Atlántico. La formación de los saltos se debe a las coladas basálticas, con diferentes respuestas ante el efecto erosivo del río.
La continua caída del agua provoca la formación de una niebla espesa en toda la zona, que combinada con los rayos del sol, origina una infinidad de arco iris.































